NECESITAMOS UN GATEPAC

Ochenta años después de esta publicación en la revista AC (nº19), sigue sorprendiendo esa manera tan directa y fresca de los manifiestos del GATEPAC.

LA EVOLUCIÓN DEL INTERIOR EN LOS ÚLTIMOS 50 AÑOS (1880-1930)

Pocas cosas reflejan tan claramente como un interior, los cambios de todos los órdenes, ideológicos, económicos y sociales, que se han operado de hace 50 años a esta parte. Si pudiese conservarse un archivo fotográfico completo del interior de la vivienda, adivinaríamos contemplándolo, todas las inquietudes, preferencias y palpitaciones más íntimas de las últimas generaciones.

La fotografía es el gran documento para registrar estas obras, pues en los grabados y dibujos de épocas anteriores, son frecuentemente alteradas por el pintor o dibujante y transformadas a su capricho.

Como era en el siglo XIX

En 1880 la civilización burguesa continúa amueblando las viviendas con el espíritu que la caracteriza de buen principio. Con pocos medios económicos, y disponiendo de poco espacio, trata de imitar, más o menos adulterados, estilos ya muertos.

Cada interior pretende ser un “palacio en miniatura”. La decoración, que en el Renacimiento hasta finales del XVIII y principios del XIX se reparte o distribuye con cierto criterio, se concentra en estos interiores de fin de siglo, invadiendo los paramentos, suelos, techos, muebles y objetos por pequeños que sean.

Todo tiene pretensiones de “obra de arte”, todo quiere aparentar un máximo de riqueza. Todo quiere ser trascendental… hasta las escupideras y ceniceros.

En todas partes hay rincones de polvo; pesados cortinajes, quitan luz y vista; los muebles tallados y las tapicerías ricas tienen una gravedad de tonos en consonancia con los techos color de chocolate y los arrimaderos de nogal o caoba. Alguna que otra palmera física (aportación colonial), o un pequeño cuadro (marina o paisaje), viene a recordarnos que al aire libre, fuera de estas viviendas, hay aún luz y sol…

Son los interiores de la época del sombrero hongo y el cuello de pajarita; interiores de una generación que huye del aire y del sol, que vive sin contacto con la naturaleza y se resigna a verla ocupando unos centímetros de pared, en forma de paisaje o bodegón.

Como era en el siglo XX

Hacia 1900, se opera una importante renovación. Se empieza a prescindir de los “estilos históricos”, creando nuevas formas, empleando nuevos materiales y valiéndose de una técnica nueva. El “modern-style” o “modernismo”, opera importantes transformaciones en el interior. Sin embargo, el espíritu de éste continúa siendo el mismo: la organización de la vivienda, la distribución del espacio, el prejuicio de aparentar riqueza y de vivir para epatar, subsiste aún.

El repertorio de formas de los estilos históricos, ya agotado, se sustituye por estilizaciones de formas naturales. La naturaleza es el gran modelo: las formas vegetales, árboles y plantas de todo género, irregulares y desarrollándose al azar, son una fuente inagotable de inspiración.

Cuando la economía impone la repetición de estos motivos vegetales para poder fabricarlo en serie (con moldes), se disimula esta repetición de estos motivos vegetales para poder fabricarlos en serie (con moldes), se disimula esta repetición todo lo posible. La naturaleza, la gran inspiradora, no se repite nunca; las formas geométricas, de creación humana, se eliminan del repertorio.

No cabe duda, sin embargo, que a esta época debemos algunos importantes progresos en el mobiliario. Las formas de madera curvada “llamadas Viena”, son interesantes de por sí y por sus derivaciones posteriores. Se emplearon, también, en aquellos años (1900-1906) materiales hasta entonces no aplicados al mobiliario.

Pronto se reacciona contra las tendencias modernistas que, por haber conservado el mismo espíritu de la habitación, no dejan de ser una moda más, un “estilo” que el bautizarlo como tal hace que nazca muerto. Abandonado el modernismo, no se aprovecha lo que en él pueda haber de lección. Agotada la imaginación por aquel esfuerzo, tratan de rehabilitarse nuevamente los estilos históricos. Poco después la nueva moda es amueblar la casa con muebles antiguos, “auténticos” o “imitación”, cuando aquellos empiezan a escasear. Los años que preceden a la gran guerra y los inmediatamente posteriores, señalan la apoteosis de esta racha.

Los anticuarios hacen mejor negocio que los constructores de muebles nuevos. A cualquier objeto, por el solo hecho de ser viejo, se le da un valor. Inmediatamente hacen su aparición en el mercado los “falsos muebles antiguos”, que pronto superan a los originales en riqueza de talla, y aspecto antiguo verdad. Se utilizan para ello maderas viejas y apolilladas y se imitan todos los trucos…

Estos interiores pseudo-antiguos, aún los más acertados, tienen algo que hace sentir su falsedad. Es esta moda una de las más híbridas e inexpresivas que conoce la historia del interior. Se respira en las viviendas un aire de museo.

Falsificando muebles de época, se perpetran los mayores absurdos, creando colgadores y paragüeros Renacimiento español, escritorios en forma de arcón del mismo estilo, cabinas telefónicas Luis XV, ascensores góticos, etc… Trata de ocultarse en estos “conjuntos” todo lo que es creación (“no artística”) de hoy: el teléfono, bajo las faldas de una muñeca; la gramola o el altavoz de la radio se disfrazan de pagodas o de jarros orientales.

Los ballets rusos tienen una indudable influencia hasta en las cosas más serias. Algunos años después de traernos Diagiliew la “Scherezade” de Bakst, todos recordamos con asombro la aparición de cojines de tisú de plata u oro y colores vivos, distribuidos por el suelo de “la sala de recibo”, con un premeditado desorden de orgía… El vehículo transmisor de la influencia de los ballets rusos es, en nuestro país, la revista de espectáculo tipo americano.

En 1925, la Exposición de las “Artes Decorativas” de París, cambia nuevamente la moda de “decoración del interior”. Las grandes superficies de madera lisa, de calidad “rica”, y lo más veteada posible, vienen a sustituir la complicada talla de épocas anteriores. Elementos de metal cromado o bronce se añaden para completar estos muebles, pesados y poco prácticos. La luz indirecta es otra característica de aquella moda; se esconden aparatos luminosos en grandes cornisas o pilares figurados, como si fueran algo necesariamente antiestético. No se abandonan los motivos decorativos; se trata solamente de renovarlos. Es 1925, el estilo preferido por los nuevos ricos de la post-guerra, cuando se “deciden a hacer moderno”.Espiritualmente, no obedece a ninguna revolución del interior de la vivienda o de su organización; es pobre en la creación de formas y en el empleo de nuevas materias. Las interpretaciones provincianas y baratas de estos muebles “estilo 1925” son algo espantoso; las encontramos en todos los catálogos de decoradores, bajo el título de “comedor, dormitorio o despacho moderno”, ocupando una hoja más al lado de Luis XV, Chipendale o Renacimiento español… El estilo 1925 languidece aún y en muchas poblaciones de provincias es la última moda…

Pero, al mismo tiempo que la mayoría de decoradores continuaban buscando nuevas modalidades del mobiliario, sin variar la organización de la vivienda, algunos arquitectos, mejor orientados, comprendían la necesidad de reorganizar la vivienda interior y exteriormente, adaptándola a las exigencias de la vida de hoy y utilizando para ello los conocimientos técnicos del día. Se inicia este movimiento poco antes de la guerra y después de ésta, hacia el año 1922 y 1925, empieza a adquirir mayor importancia.

El interior de la habitación tiene como base un nuevo programa que nos da una clasificación del espacio.Para estos interiores se crean muebles nuevos, en consonancia con su espíritu; muebles ligeros, de un acabado lo más perfecto posible,. Estudiados para fabricarse en serie. Se crean “formas Standard” sin pretensiones de obra de arte, procurando que sean agradables y den el mayor rendimiento posible; que sean humanos y se adapten a su función.

En estos interiores, animados de un nuevo espíritu, las obras de arte ocuparán lugares estratégicos, puntos neurálgicos de la habitación; el arquitecto debe prever su emplazamiento al crear la obra arquitectónica.

Los nuevos muebles pasan por un período peligroso hacia 1926-1930, por la excesiva difusión de ciertos elementos, como son el tubo de acero cromado y curvado y otros, el abuso de los cuales llega a dar a ciertos interiores un aspecto frío y poco humano.La obra de la máquina ha de ser lo más perfecta posible, pero sin que tenga necesariamente el espíritu de máquina, pues nuestro cuerpo necesita que los objetoscon los que se está en contacto diario, tengan con él cierta afinidad.

Entre la máquina humana y las máquinas creadas por el hombre, hay una cuestión de diferencia de calorías. La moda del mueble de tubo, completada con otros elementos del mismo espíritu, marca un momento de “exaltación maquinista·” y “funcional”, que afortunadamente ha evolucionado. El interior de una casa de hoy, pasado este momento de funcionalismo rígido, puede ser algo vivo, personal, íntimo y alegre, contra lo equivocadamente lujoso, cargado de pretensiones y hecho para aparentar y contra lo rígido, frío y germánico.”

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Y añaden el pie de foto:

“Barcelona, 1900.- En la pasada generación llegaron a producirse, movidos del deseo de “epatar” o aparentar riqueza, verdaderos engendros de sueño calenturiento, productos monstruosos sin precedentes en la historia de la humanidad. Véase de ejemplo: esta chimenea y esta lámpara.”

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