Es la cabeza la que trabaja y no las manos con la navajita.”

En una entrevista para una revista

1987 contestaba así Alejandro de la Sota cuando Juana Vera le preguntó:

-“¿Cuándo comienza su labor en el campo del diseño industrial?”

-“¿Sabe uno verdaderamente cuándo ha empezado a proyectar? Nosotros los arquitectos lo supimos cuando en la escuela de arquitectura nos mandaban hacer el primer “proyecto”, lo que hoy llaman “diseño”, confundiendo, como en tantas otras cosas, conceptos y palabras.

Para los arquitectos, y de una manera general, en la mayoría de los casos sucede que el diseño es una continuación de la arquitectura. La necesidad de un mueble determinado, de un objeto, de tantas cosas que van a continuar nuestra obra, es un principio generalizado de los primeros diseños.

Lejos de toda presunción tomemos el ejemplo de los grandes arquitectos que fueron nuestros maestros; todos llenaron sus obras de “diseños” propios ya que no existían los que esas obras exigían. Y es que cuando un arquitecto proyecta un edificio, tanto en el interior como en el exterior, ha de completarlo en “su” línea, y esto es normalmente difícil de hacer con productos comerciales, si es que la obra es verdaderamente “suya”. También es cierto que estos diseños pueden ser tan generalizables que sirvan para usos más ajenos y ahí tenemos ya en el comercio un mueble, un objeto, no sólo para el arquitecto y su obra, sino además para el público en general.

Existen por otro lado buenísimos diseñadores, que no han sido ni han querido ser arquitectos, y que producen muebles perfectamente comercializables Parten, sin embargo, cuando la cosa va en serio, de necesidades generales, necesidades a veces con un margen mínimo para el diseño, que son o tienen un origen más frívolo de capricho, de vaguedades, y que en muchos casos por esa misma frivolidad y “no” necesidad, alegran el mercado y nuestras propias vidas.

El diseño tal como lo conocemos ahora nace cuando m uere la artesanía, son flores sobre su tumba. Laartesanía tiene un valor puntual, de cada cosa en sí misma por el hecho de ser manoseada por su autor. El diseño es el buen proyecto de mil cosas repetidas, igual de bien diseñadas. Al diseñar un objeto se piensa en que ha de repetirse, en el proceso industrial, en los materiales, en su economía… Es la cabeza la que trabaja y no las manos con la navajita.”

Alejandro de la Sota, Escritos, conversaciones, conferencias;Edición a cargo de Moisés Puente; editorial Gustavo Gili, Barcelona 2002; página 108.

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